Sage se dirigió a la cantera de donde había sacado el cuerpo de Stefan varios meses antes. Era el único lugar que le quedaba por mirar cerca de su casa. Tenía que encontrar a su hijo, debía hacerlo o acabaría volviéndose loca. Más aún de lo que ya estaba.
Se valió de su fino olfato para intentar captar el rastro que pudiera haber dejado Benji. No valió de nada.
Las horas pasaban y ella seguía allí, buscando hasta que la noche cubrió de negro cada rincón del bosque. Solo la luna proporcionaba algo de luz allí. Nada claro, ni una sombra, ni un llanto, tampoco había viento. Solo calma, demasiada calma en un pueblo en el que ya no había de eso. Un frío sepulcral caló los huesos de Sage e hizo que se estremeciera violentamente. Miró alrededor entrecerrando los ojos para poder distinguir mejor las formas. Un suspiro de alivio salió de su boca.
Siguió caminando despacio, sin darse por vencida en aquel lugar.
De pronto escuchó una fina melodía, un canto que hubiera jurado era de sirena, por su afán de tenebrosidad. Una risa divertida y alguien ahogándose acompañaban esa terrorífica canción sin letra.
Como las polillas a la luz, Sage se sentía atraída por esa música, no sabía por qué pero su cabeza la pedía acercarse, de modo que sus pies la hicieron caso. Era inevitable no caminar hacia esta voz.
Un llanto de bebé la sacó de su ensoñación, había olvidado por qué estaba allí. Pero seguía escuchándolo, el bebé estaba al lado de la mujer que cantaba.
Sage corrió sin pensarlo, guiándose por la magnífica voz, que descubrió que venía del agua, del fondo de esa especie de lago. Se asomó por un saliente en la roca y vio a lo lejos una extraña masa de pelo rubia, ondeando por el agua, con un suave vaivén, entre el pelo salía una manita de un niño, un bebé por su diminuto tamaño.
-Ben... Benji.
Por alguna extraña razón, Sage susurraba, estaba perdida en el propio mar de sus pensamientos, aún se sentía atraída por la voz.
Decidió acercarse un poco más al agua, sin hacer ni el más mínimo ruido, ella era ágil por lo que no le costó ningún esfuerzo. Ahora estaba en cuclillas en una roca desde la que podía tocar el agua. Quiso asegurarse de que era él, no tenía intención de adentrarse en vano. Entonces lo vio, la misma sonrisa que la suya, con una maldad inscrita y una picardía digna de su hijo. Solo de él.
Era Ben y estaba atrapado con una mujer que no era ella. Nadie se había percatado de la presencia de la pelirroja, que en ese momento lo único que quería era matar a la mujer que tenía a su hijo. La que le estaba cantando esa absurda y pavorosa cantilena.
Sin meditar las opciones, Sage se lanzó al lago, pensando que tenía un el fondo cerca, ya que los veía como si pudiera acariciar el pelo de la dama desde ahí, Sage descubrió que no podía estar más equivocada, pues sin darse cuenta, cayó hasta cubrir la cabeza y ahora ni siquiera podía verlos bien. Sage nadó deprisa hacia el fondo, guiada por la luz que desprendían los cabellos de la mujer. Cuanto más se acercaba, menos bello era el canto. Conforme nadaba, lo que la atraía antes, ahora la hacía chillar de dolor. Aún así seguía nadando ya que el agua y la hermosa mujer era lo único que la separaba de su hijo.
La ropa era pesada, la impedía moverse rápido por lo que se quitó la chaqueta. No le hacía falta. Seguía nadando sin parar, tampoco necesitaba respirar. Los pantalones no la dejaban impulsarse con las piernas. También se los quitó, al igual que los zapatos.
Cada vez estaba más y más cerca de él y, por tanto, menos dulce y armonioso era el sonido que emitía la mujer del lago. Cuanto más se acercaba, más se parecía a un quejido de animal, un berreo, cristal rayándose, el sonido de una pizarra chirriando con las uñas. Todo eso a la vez.
Alargó la mano, pues ya estaba demasiado próxima a ella como para agarrar los mechones de pelo que más lejos habían nadado. Lo hizo y, al rozar las primeras puntas rubias, la mujer se giró mostrando una boca abierta negra y unos dientes afilados que la adornaban, blancos, muy blancos y relucientes. Los ojos de esta estaban desorbitados, casi se podrían haber salido de las cuencas, eran de un gris demasiado claro. El rostro era alargado, terminado en una barbilla puntiaguda, faltaba carne en las mejillas y eso dejaba ver una lengua azul oscuro. Sage se dio cuenta de que lo que debería ser una nariz no eran más que dos agujeros medio comidos por el agua.
Al observar lo que tenía delante, Sage emitió un grito insonoro, solo podía haberse adivinado por las múltiples burbujas deformes que salían de su boca. Dirigió la mirada al niño que la mujer protegía ahora. No era como antes, ahora estaba con los ojos cerrados, el pelo castaño era fino, más oscuro de lo normal, sin brillo. No tenía movilidad, solo flotaba entre las ropas roídas de la mujer.
A Sage le cambió el gesto por completo. Estaba muerto. Su hijo estaba muerto en manos de una criatura repulsiva. A la pelirroja le dio un leve tic en el ojo, movía involuntariamente la cabeza con suaves espasmos, alzando la barbilla en varias direcciones. Estaba temblando de miedo, angustia y rabia. Miro a los ojos de la mujer con una furia aterradora y se abalanzó sobre ella.
Se debatían en una dura pelea que no se extendió más de diez segundos. Cuando se quiso dar cuenta, la abominable mujer sostenía a Sage por el cuello, la tenía presa, acorralada con la espalda pegada a una roca. La miraba a los ojos, sin hablar, sin mostrar ninguna emoción. Sage solo podía mirar el cuerpo sin vida de su hijo, atrapado en una cárcel de agua, invisible.
La mujer insistió en que Sage la mirara, estaba deseando que lo hiciera y la chica la dio el gusto. Volvió a observar sus ominosos ojos, que estaban fijos en ella. La mujer funesta examinaba a Sage con la confusión presente. No sabía como una simple humana podía aguantar tanto bajo el agua, tampoco por qué había bajado solo para ver al niño, ya que había advertido que no tenía parecido físico alguno con ella. Se acercó para olerla. Los agujeros pútridos de la nariz estaban a la altura de su boca, que entreabrió la asquerosa mujer para oler el aliento que salía expulsando aros de agua. Luego bajó a su cuello. Sage la miraba de reojo, confusa y asustada y aprovechó que la otra no estaba pendiente para volver a mirar a Ben.
Cuando lo intentó, la mujer empezó a chillar, apretó fuerte la garganta de Sage, fijando sus ojos en los de ella. Clavaba las uñas mientras Sage intentaba escapar, pero no podía. Ella era muchísimo más fuerte que la pelirroja. Sage no tenía ninguna posibilidad de nada. Ni siquiera pensaba en salir de allí, solo en coger a su hijo para salvarlo de las garras de ese monstruo.
-Soy Lilit -dijo la mujer, que ya no daba miedo, ahora mostraba el mismo rostro que ella veía. Una mujer pelirroja de ojos verde esmeralda, con pecas y unos labios carnosos y rojizos. De una belleza sublime- la primera mujer sobre la tierra -Sage podía escuchar a Lilit, exacta a ella, a la perfección- el primer súcubo. Vas a morir.
Entonces Lilit volvió a abrir la boca, desencajando la mandíbula. Clavó los numerosos dientes afilados en el cuello de Sage desgarrando todo a su paso: piel, carne y hueso, todo. En poco tiempo la cabeza de Sage yacía separada del resto de su cuerpo y Lilit volvía con el niño.
Lo que Lilit había pasado por alto es que Sage era una mujer que había sido atraída por su hijo, no por ella. También había obviado que era vampiro y, por supuesto, que es inmortal. El corazón de Sage aún latía y seguiría así mucho tiempo. Alargó los brazos para alcanzar la cabeza y la recolocó, con un fuerte crujido de vértebras. No tardó ni dos segundos en curar.
Lilit se dio la vuelta por el alboroto que estaba formando Sage al nadar a velocidad vampírica hacia ella y, al verse a si misma avanzar hacia ella, desapareció provocando una explosión en el agua.
Sage había ocupado el lugar de Lilit ahora. Era un súcubo solo que aún no lo sabía.
Ben tampoco estaba ya allí, había desaparecido junto con la explosión.
La pelirroja ascendió hasta la superficie y salió de esta levitando, llevaba ahora un vestido rosa palo y su cuerpo estaba ligeramente doblado hacia atrás. Tenía los brazos extendidos formando una cruz. Sin saber como, se dio la vuelta quedando boca abajo, el pelo rojo caía rozando con las puntas el agua. Sage tenía los ojos negros, no miraba a ninguna parte pero parecía que lo hacía a todas. Una sacudida hizo que se girara de nuevo, bajando los brazos para pegarlos a su cuerpo.